martes, 4 de marzo de 2014

Oopart. Federico Santarcángelo





En su prolija devoción por la filosofía oriental, por el yoga, por los mandalas, Amalia dejaba en evidencia toda su occidentalidad. En un principio yo creí, con algo de injusticia, que ella era una muchacha más de esas que saben encontrarse en las capitales de mi país, que pretenden ser reconocidas por sus gustos y querer ser alguien a través de lo que fueron los demás. A pesar de eso, me sentí fuertemente atraído hacia ella; atraído de un modo violento y melancólico. En una fotografía gastada puedo verme junto a Amalia en un olvidado jardín de una república casi lejana, caminando bajo la cítrica sombra de unos limoneros, vagando con fresca felicidad entre el rumor de algún arroyo anónimo, por calles de un marmóreo y granítico empedrado gris. Sí alguna felicidad había en aquel sitio, era sin dudas la que agregaba la sonrisa de Amalia, tan sonora, tan sincera, tan de siempre.

Pero no voy a desviar mi relato.

A medida que uno envejece, la memoria se decora de pormenores insignificantes que al fin de cuentas vienen a ser algo así como las pinceladas finales en un cuadro, que agregan lo que fue sustancial desde el principio. De ese modo ha estado trabajando mi memoria, edificando un universo tan complejo e íntimo del que yo casi podría ser ajeno. Haré un esfuerzo por recordar a Amalia tal y como era, y no como he creído verla después de tantos años de extrañarla.

Era yo, por ese entonces, un muchacho joven, fuerte, con la fortuna de que las mujeres me amaban solamente porque yo no había aprendido a querer todavía. He aquí como muchas veces los máximos placeres les son ofrecidos a las personas que menos méritos han hecho para merecerlos. Lo cierto es que yo paseaba entre abrazos y escotes con la misma fugacidad que trae implícita la urgencia de la vida; como si sin proponérmelo quisiera recuperar algo que había tenido y que había perdido alguna vez.

Pero un día nos unimos; y una sola semana bastó para alimentar toda una vida.

Fue una tarde y fue en abril que encontré a Amalia, y supe que mi búsqueda había cesado. Desde el primer día la quise y porque sus placeres diferían tanto de los míos fue que encontré en ella un desafío que me animó. Amalia caminaba bajo la lluvia cuado estaba triste, se cortaba el cabello cuando estaba aburrida, había leído y estudiado a los poeta antiguos, sabía latín y memorizaba unos cientos de poemas que citaba en nuestras conversaciones. A mi me bastaba, para estar completo, su compañía. Tenerla cerca en la hora del crepúsculo, mientras la última luz del día hacía méritos por atravesar el vidrio empañado de la casa, era mi jardín, mi vergel. Todo eso era nuevo para mí: yo la quería por su pasado, por el sabor de la literatura en sus labios pálidos, por el dibujo de sus ojeras y la caricia de su pelo, por la bebida que compartíamos en el debate lúdico y edificante sobre civilizaciones antiguas. Después de citar alguna famosa sentencia, solía decir: “lo sé porque estuve ahí”. ¿Cómo no quererla? ¿Cómo creer que hasta ese entonces ella hubiera vivido en la solitaria compañía de poetas muertos?

La tarde en la que se centra mi relato fue la última y también la más enigmática, la más dulce de nuestra historia juntos. Caminábamos del brazo por un corredor de piedra, a través del casco antiguo de una ciudad anónima. Amalia me había explicado, la noche anterior, que descubrir una ciudad nueva era redescubrir, una vez más, las cosas que nos daban felicidad, y que esas cosas no cambian con el tiempo: los arcos herrumbrados sobre una puerta antigua, las plantas que ofrecen sombra a un viejo sentado en la vereda, el color del cielo justo antes de una lluvia ligera. “En todo eso me reconozco una vez más, y entiendo por qué te quiero tanto”, me dijo. Hacia el final de la calle, un vendedor ambulante puso en mis manos una rosa pálida, y yo la acepté porque entendí que rechazarla sería una forma de negar la sentencia que Amalia había dictado con tanto amor (esas supersticiones no me abandonaron jamás). Caminamos un poco más, y bajo un árbol de copa oscura nos sentamos, extasiados de horizonte y de besos. De un momento a otro se escondía el sol y un apenas visible disco plateado adornaba el crepúsculo. No fue ni antes ni después a ese cambio brusco de luz que sentí en los labios de Amalia el más intenso halago de fruta, el más íntimo y húmedo tesoro de su pasión. Algo debió haberme alarmado, porque intenté desprenderme de Amalia con horror. Una remota brisa me golpeó como queriendo despertarme de un sueño antiguo, como si el peso de mi cuerpo hubiera sentido el cansancio y el desgaste de miles de años. Amalia sonrió, casi ancestralmente. Nos besamos y sobre la tierra húmeda nos amamos, una, dos veces. Ya desnudos, con los sentidos abiertos nuevamente al mundo, sentimos el latido acompasado de la savia en los árboles, el aleteo nocturno de los últimos pájaros espantados, el granítico paso de los insectos, la maquinaria del universo recorriendo las horas.

En una isla de Grecia, hace cientos de años, vos me quisiste así. Lo sé porque estuvimos ahí, salvo que yo lo recuerdo”, dijo Amalia. “Tenés que ver qué lindas cosas eras capaz de escribir y leerme”. El destino me perdone, yo pensé que ella jugaba conmigo; yo no entendí, en ese momento, cuánta verdad había en la oración. “Muchas veces habrás soñado con aquel umbral, nuestro umbral. Muchas noches habrás despertado con el amargo sabor de haber perdido una fortuna”, agregó.

Minutos después la había perdido para siempre, o al menos por otra eternidad. En algún otro lugar (en algún otro tiempo) ella me seguirá buscando.

Algunas noches temo que me encuentre así, viejo y abandonado al recuerdo, y que ya no me reconozca. O quizás eso no sea más que la superstición de un hombre cansado.

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